Ramón J. Sender, biografía de un clásico del siglo XX
                                                                             Juan Carlos Ara Torralba
                                                                                                Universidad de Zaragoza

Desde el umbral de una nueva centuria podemos decir sin titubeos que Ramón José Sender Garcés (1901-1982) figura con derecho propio en los lugares más destacados del parnaso novelístico español del siglo XX, tal vez al lado de Camilo José Cela y de otro, como Sender, solitario e insistente fabulador y grafómano, Pío Baroja. Nacido en la pequeña localidad de Chalamera (Huesca) el 3 de febrero de 1901, es Sender el autor en lengua castellana traducido a más idiomas tras el indiscutible primer puesto de Miguel de Cervantes. Virtud esta de la traductibilidad que jamás ha de desdeñarse a la hora de encumbrar a un autor en los más altos peldaños de los sucesivos cánones literarios.

Los dos primeros años de vida de este clásico, cuya vigencia está suficientemente contrastada por el número de reediciones de sus obras, transcurrieron en Chalamera. En 1903 la familia –era Sender el segundo hijo de José Sender Chavanel y Andrea Garcés Laspalas– se traslada a la localidad vecina de Alcolea de Cinca. Ocho años después, en 1911, los Sender pasaron a Tauste, donde Pepe Garcés conocería a su Valentina. Para cursar el tercer curso de bachillerato, el joven Ramón fijó su residencia en Reus, exactamente en el internado del colegio de los religiosos de la Sagrada Familia. Ya en 1914 recalará en Zaragoza, ciudad en la que terminará sus estudios secundarios y en la que permanece hasta 1918. Todos estos años de infancia y adolescencia quedarán indeleble y magistralmente inventariados tanto en la deliciosa autobiografía novelada Crónica del alba (1965), en Monte Odina (1980), ese anecdotario misceláneo perteneciente a un inequívoco ciclo de senectute, y, diseminados, en otros libros y ensayos, donde aparecen y desaparecen como cifras de magistral conversión literaria de una autobiografía filtrada por el tamiz de la visión de un hombre esencialmente solitario.

Con apenas quince años comienza Sender su fase de aprendizaje literario a través de colaboraciones en la prensa del momento. Serán las planchas de la zaragozana La Crónica de Aragón, del alcañizano El Pueblo, de los madrileños España Nueva, El País, Béjar en Madrid y La Tribuna, y más tarde del oscense La Tierra, los testigos de estos primeros ejercicios de una escritura un sí es no es tardomodernista. Es época de lecturas extensas e intensas, ordenadas y desordenadas, de la finalización del bachillerato en Alcañiz y de una impulsiva escapada a Madrid, también en 1918, que en todo caso revelan la inquietud juvenil del alevín de literato, de quien daba comienzo a su carrera a través de los propedéuticos lugares literarios de la contemporaneidad, los de aquellos luchadores del periódico, de la crónica y del reportaje.

A estos lugares se reintegra, un poco a regañadientes, cuando el severo José Sender, por entonces secretario de la Cámara Agraria oscense, le llamó a capítulo y le hizo regresar a la capital de Huesca. Crónicas sentimentales, versos en alejandrinos y runflante rima, reportajes de excursiones pro patria pueden leerse en el periódico de la Cámara, La Tierra, hasta que en 1923 hubo de marchar Sender a África. Tras su paso por el servicio militar, realizado en Melilla, sin el que no se entiende la novela Imán (1930) y durante el cual firmó colaboraciones para El Telegrama del Rif, Sender decide, una vez más, asaltar la fama en el corazón periodístico de la corte madrileña. Así, en abril de 1924 se convierte en redactor de El Sol, periódico en el que dejará excelentes muestras de sus progresos literarios en forma, también una vez más, de crónicas, cuentos –son de especial relevancia los publicados a la sazón en Lecturas– y reportajes. A diferencia de La Tierra, periódico católico donde Sender ofició de cronista sentimental para la juventud bien capitalina, en El Sol pudo respirar un ambiente profundamente liberal. Allí fue ensayando la escritura de aquilatación de actualidades al compás de un sensible escoramiento de su ideología hacia sucesivos progresismos. Frutos de esta labor de informador de actualidad son los primeros libros, El problema religioso en Méjico (1928) y América antes de Colón (1930), y consecuencia lógica del escoramiento los días pasados en la cárcel por su actitud hostil a la Dictadura y el trueque del liberalismo radical de El Sol por el anarquismo de Solidaridad Obrera o el republicanismo de La Libertad –donde comparecieron los artículos al poco recogidos en la citada América antes de Colón.

Queda otro fruto, por supuesto, la excelente novela Imán (1930), madurada años atrás y de éxito inmediato a su publicación. Imán inaugura con brillantez el periodo de compromiso progresista y de reconocimiento literario del Sender de los convulsos años treinta. Avanzando muchas de las improntas temáticas y de taller de escritura que le auparán como clásico, Sender comparte con gran parte de sus contemporáneos europeos la urgencia biológica por impedir que el fin –y sentido– de la historia se decantase del lado de la barbarie fascista. Con esta necesidad convulsiva, las publicaciones se suceden vertiginosamente: El Verbo se hizo sexo (1931), O. P. (1931), La República y la cuestión religiosa (1932), Siete domingos rojos (1932), Teatro de masas (1932), Casas Viejas (1933), Madrid-Moscú (1934), La noche de las cien cabezas (1934), Viaje a la aldea del crimen (1934), la exquisita Proclamación de la sonrisa (1934), Mr. Witt en el Cantón (1935, Premio Nacional de Literatura)… A todos estos libros debe sumarse multitud de colaboraciones en las revistas de izquierda más significadas –Orto, Tensor, Octubre…– del periodo republicano.

Atraído en primera instancia y después voluntaria y progresivamente apartado del movimiento comunista (tal vez porque el proverbial individualismo ganglionar y solitario de Sender era una evidencia impermeable a la teleología de sentido comunista), Sender hubo de vivir unos especialmente trágicos momentos durante los primeros meses de la guerra civil. Por una parte sufrió persecución de manos de la derecha sublevada, que se ensañó con su hermano Manuel –ex alcalde de Huesca– y con su esposa, Amparo Barayón –con quien tuvo dos hijos, Ramón y Andrea–, pero por otra también de los mandos comunistas. Por esta última circunstancia, no dudó en aceptar la invitación del Gobierno para viajar a Estados Unidos en misión de propaganda (1938). Durante la confusión bélica escribe y publica Contraataque (1938), novela de contienda y ciertamente de propaganda.

Con el fin de la guerra se inicia el periodo de exilio americano de Sender. Primeramente recaló en Méjico; allí fundó la editorial Quetzal, de cuyos talleres saldrían Proverbio de la muerte (1939), la justamente afamada El lugar del hombre (1939), Hernán Cortés (1940) y Mexicayotl (1940). Con el tiempo, los tres primeros citados serían rescritos y retitulados como La esfera (1947), El lugar de un hombre (1958) y Jubileo en el zócalo (1964). También editó allí el Epitalamio del prieto Trinidad (1942) y la primera narración de Crónica del alba (1942).

En 1946 pasa a los Estados Unidos de América y se nacionaliza norteamericano. Tras algunos meses vividos en Nueva York, se traslada a Alburquerque como profesor de Literatura Española Moderna de la Universidad de Nuevo Méjico. Colaboró en un buen puñado de publicaciones periódicas al tiempo que iba publicando libros de gran calado como El vado (1948), El rey y la reina (1949) y El verdugo afable (1952), y al tiempo que traducciones de sus novelas iban engrosando los catálogos de prestigiosas editoriales –no españolas, por descontado– como muestra del vertiginoso ascenso de la fama del escritor. De ese mismo año (1952) data la edición de Mosén Millán, cuyo título fue convertido en el más conocido de Réquiem por un campesino español en la edición bilingüe de 1960. Al, a no dudar, libro más célebre del escritor, sucedieron Hipogrifo violento (1954), Ariadna (1955), Bizancio (1956), Unamuno, Valle Inclán, Baroja y Santayana (1957) –con los años, aumentado en Examen de ingenios. Los noventayochos (1961)–, La quinta Julieta (1957), Los cinco libros de Ariadna (1957, anticipada en la Ariadna de dos años atrás), Emen Hetan (1958), El diantre (1958), Los laureles de Anselmo (1958), El mancebo y los héroes (1960), Las imágenes migratorias (poemario de 1960), La llave (1960), Novelas ejemplares de Cíbola (1961), La tesis de Nancy (1962; primera de la popular serie), La luna de los perros (1962), Los tontos de la Concepción (1963) y Carolus Rex (1963). El periodo de 1939 a 1963 suele considerarse el del florvit de la escritura senderiana, una época jalonada de obras maestras –puntualmente reseñadas por la crítica americana– escritas durante esos largos ratos de soledad del profesor universitario que con una técnica meditada supo convertir tramas, símbolos, alegorías y protagonistas en metáforas aceptadas como paradigmas de su tiempo.

De autor exiliado de culto pasó Sender a escritor popular en la España del desarrollismo y de la tibia apertura. Lo hizo de la mano de la editorial Destino y a raíz, sobre todo, tanto de la edición completa de Crónica del alba (1965) como del logro del premio Planeta (1969) con el relato En la vida de Ignacio Morel. Pero Sender seguía en su ostracismo estadounidense; en 1961 había aceptado una plaza como profesor en la Universidad de Los Ángeles. Jubilado, en 1963 pasó de Alburquerque a Manhattan Beach (California). Allí terminó la escritura de La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964), Jubileo en el zócalo (1964), El bandido adolescente (1965), Valle Inclán o la dificultad de la tragedia (1965), El sosias y los delegados (1965), Cabrerizas Altas (1966), Tres novelas teresianas (1967), Las gallinas de Cervantes (1967), Ensayos sobre el infringimiento cristiano (1967), Las criaturas saturnianas (1967), El extraño señor Photynos (1968), Don Juan en la mancebía (1968), Novelas del otro jueves (1969), Comedia del diantre y otras dos (1969), Tres ejemplos de amor y una teoría (1969), En la vida de Ignacio Morel (premio Planeta 1969), Relatos fronterizos (1970), Nocturno de los 14 (1970), Zu o el ángel anfibio (1974), Ensayos del otro mundo (1970), La antesala (1971) y El fugitivo (1971.

En 1972 Sender traslada, por motivos de salud, su residencia de Los Ángeles a San Diego. En esta ciudad continuó su febril y prolífica actividad literaria, con títulos tales que Túpac Amaru (1973), Una virgen llama a tu puerta (1973), Libro armilar de poesía y memorias bisiestas (1974), Cronus y la señora con rabo (1974), Nancy, doctora en gitanería (1974), La mesa de las tres moiras (1974), Las tres sorores (1974; reescritura definitiva de Siete domingos rojos), El futuro comenzó ayer (1975), Arlene y la gaya ciencia (1976), El pez de oro (1976), La efemérides (1976), El Mechudo y la Llorona (1977), El alarido de Yaurí (1977), Gloria y vejamen de Nancy (1977), El superviviente (1978), Adela y yo (1978), Solanar y lucernario aragonés (1978; compuesto de artículos aparecidos en el Heraldo de Aragón), La mirada inmóvil (1979), Por qué se suicidan las ballenas (1979; primero de los doce libros publicados en Destino referidos a los signos del Zodiaco –1978-1982–, entre los que destacan Una hoguera en la noche y la Orestíada de los pingüinos –reescrituras de narraciones homónimas de juventud–), Ver y no ver (1980), Monte Odina (1980), La cisterna de Chichén Itzá (1981), Segundo solanar y lucernario (1981) y Chandrío en la plaza de las Cortes (1981). Póstumos, aparecieron Álbum de radiografías secretas (1982), Hughes y el Once Negro (1984), Toque de queda (1985) y la edición completa de la serie de Nancy, Los cinco libros de Nancy (1984).

En 1974 y 1976 pudo Sender regresar fugazmente a España, con la excusa de la impartición de varias conferencias en ciudades españolas (Barcelona, Zaragoza, Huesca…). En el segundo de los viajes, se le tributó un emotivo homenaje en Chalamera, pero la posible felicidad de un regreso imposible fue turbada por los desagradables sucesos acaecidos en la residencia mallorquina de Camilo José Cela. No volvería más a su país natal –porque, entre otras cosas, pudo comprobar que ya no era su lugar– pero sí recuperaría, en 1980, la nacionalidad española. El 16 de enero de 1982 la muerte le sorprendió en su domicilio de San Diego.

Por asombrosamente prolífica, la obra de Sender resulta desigual, pero un buen puñado de títulos de los hasta aquí sumariamente expuestos han pasado por méritos propios a considerarse de lo más logrado, en punto a calidad literaria, de la historia de las letras españolas contemporáneas. Universal en su tratamiento de asuntos aparentemente locales y autobiográficos, inmediato y trascendente a un tiempo, el lúcido discurso senderiano puede resumirse en el acertado sintagma del profesor José-Carlos Mainer: "Un misterio plural inextinguible". Es por esto por lo que lectores de diversas generaciones vuelven una y otra vez, sin cansancio, a zambullirse en la ficción senderiana, paladeando fabulaciones de inquebrantable vigencia. Sender, todo un clásico del siglo XX.

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